Gestión de la Ansiedad

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Tener ansiedad es como haber inflado un globo hasta el punto en que ya solo puede estallar por la presión interior. El propio aire que inhalamos genera esa sensación de necesitar más pero, a la vez, estar llenos y a punto de explotar por dentro. Esta es la sensación física, pero ¿qué la origina?

Desde la psicología, la ansiedad puede entenderse como una respuesta de presión y alerta que aparece cuando sentimos que algo no encaja, que no llegamos a donde queremos o que no tenemos el control de lo que está pasando.

No se trata solo de un objetivo concreto, como: «Quiero crear un negocio exitoso» o «Quiero llegar a ser el mejor en…». Esto puede generar ansiedad, pero a nosotros nos gusta ir un poco más allá de este pensamiento.

Muchas veces, detrás de esa presión aparece la sensación de sentirnos incompletos, insatisfechos o incluso perdidos. Esta mezcla de sensaciones es la que, poco a poco, va llenando el globo de aire a través de nuestros pensamientos.

Estos pensamientos refuerzan la idea de que nos falta algo para estar bien y pueden generar una serie de creencias que cada vez nos alejan más del bienestar e incluso de nuestros propios objetivos.

Nos llenamos la cabeza de frases como:

«No vales para esto».
«No lo vas a conseguir».
«Eres un fracaso».
«No has estudiado suficiente y vas a suspender».
«Eres un desastre».

Como verás, nada demasiado constructivo.

Quizá sea cierto que no has estudiado suficiente. Quizá tu objetivo todavía quede lejos a día de hoy. Quizá hayas fracasado algunas veces y tengas miedos que necesitas trabajar internamente.

Pero ¿todo esto es definitivo?

Las personas que sufrimos ansiedad muchas veces sentimos que sí. Que lo que está ocurriendo ahora define lo que ocurrirá después. Y es precisamente ahí donde el globo sigue inflándose.

No lo deshinchamos. Al contrario: seguimos pensando, dándole vueltas, exigiéndonos más e intentando encontrar una solución inmediata. Como si mantenernos ocupados y avanzar constantemente fuera la única manera de sentirnos mejor.

¿Y ahora qué?

Ahora que entiendes un poco mejor qué puede estar pasando, me gustaría que te pararas a observar qué crees sobre ti mismo/a.

Siempre recomendamos algo muy sencillo: siéntate, coge un papel y déjate llevar. Escribe todo lo que te pase por la cabeza.

Por absurda que te parezca una idea. Por dura que sea. Por mucho que te cueste aceptar que eso es realmente lo que piensas de ti.

Escríbelo.

No intentes corregirlo ni maquillarlo. Simplemente déjalo salir.

Cuando lo tengas delante, tendrás una idea mucho más completa de qué es lo que te atormenta: qué pensamientos aparecen constantemente, qué exigencias te estás imponiendo y qué ideas te están impidiendo avanzar.

Y ahora, ¿qué?

Ahora toca deshinchar el globo.

Un globo demasiado inflado molesta. Ocupa espacio, genera tensión y no te deja respirar con tranquilidad. Y quizá hayas llegado a pensar que no tienes tiempo para deshincharlo.

«¡Pero si tengo mucha prisa!»
«¡No me puedo permitir desconectar!»
«Tengo que seguir avanzando».
«No puedo perder el tiempo».

Venga ya…

Si algo suele ocurrir cuando estamos atrapados en la ansiedad es que postergamos precisamente aquello que necesitamos.

Por eso, quizá no pase nada por olvidarte durante un rato de todas esas necesidades que sientes que tienes que satisfacer inmediatamente y dedicarte un poco a ti mismo/a. A sentirte bien. A recuperar el aire. A prepararte emocional y físicamente para poder afrontar aquello que quieres conseguir.

No se trata de rendirte.

No se trata de abandonar tus objetivos.

No se trata de hacer como si los problemas no existieran.

Se trata de dejar de presionarte durante un rato.

Busca espacios, actividades o movimientos que te alejen temporalmente de aquello que te genera nervios y desesperación. Gimnasio, deporte, pintar, leer en un parque, pasear, escribir, cocinar, escuchar música, meditar —solo si realmente te relaja—, caminar en silencio…

No existe una fórmula universal.

Lo importante es que durante un rato no estés intentando demostrar nada, conseguir nada ni convertirte en una versión mejor de ti mismo/a.

Simplemente, estar.

Y sí, muchas veces recomendamos hacerlo en soledad. No porque necesites alejarte de todo el mundo, sino porque a veces el ruido externo nos impide escuchar qué está pasando dentro de nosotros. Aun así, la compañía también puede ser una buena medicina cuando es una compañía que no exige, que no presiona y que simplemente está contigo.

Quizá deshinchar el globo no haga que mañana desaparezcan todos tus problemas.

Pero te permitirá respirar.

Y cuando vuelves a respirar, las cosas se ven de otra manera.

Quizá tu objetivo siga estando lejos.
Quizá todavía tengas cosas que trabajar.
Quizá todavía tengas miedo.

Pero ya no estarás intentando conseguirlo todo mientras estás a punto de explotar.

Y eso también es avanzar.

Los hábitos también importan

Deshinchar el globo no consiste únicamente en hacer algo puntual cuando sentimos que ya no podemos más. También consiste en construir, poco a poco, una forma de vivir que nos permita acumular menos presión y gestionar mejor aquello que nos ocurre.

Dormir bien, hacer ejercicio, alimentarnos de manera adecuada, tener momentos de desconexión, aprender a parar, relacionarnos con personas que nos aportan tranquilidad o simplemente reservar espacios para nosotros mismos son pequeñas decisiones que, repetidas en el tiempo, pueden marcar una gran diferencia.

No hace falta cambiar toda tu vida de un día para otro. De hecho, probablemente sea mucho más útil empezar por pequeños hábitos que puedas mantener y que te ayuden a sentirte más equilibrado/a.

Los hábitos no van a hacer desaparecer la ansiedad por arte de magia, pero pueden convertirse en una herramienta para cuidar nuestro bienestar y evitar que el globo vuelva a llenarse hasta el límite.

En este artículo hemos hablado también de la importancia de los hábitos y de cómo pueden ayudarnos a cuidar nuestro bienestar. Si quieres profundizar un poco más en este tema, te recomendamos que leas nuestro artículo sobre hábitos, donde hablamos de cómo construirlos y mantenerlos en nuestro día a día.

Porque quizá no siempre podamos controlar lo que nos pasa, pero sí podemos aprender a cuidar la forma en la que nos enfrentamos a ello.

No necesitas tenerlo todo resuelto para poder empezar a estar bien.

A veces, el primer paso no es correr más rápido.

Es parar, respirar y dejar salir un poco de aire.