Recurso maestros
En una familia, nuestras palabras, gestos, silencios y formas de reaccionar influyen en los demás.
A veces ocurre algo curioso: una persona reacciona de una determinada manera, nosotros respondemos a esa reacción y, sin darnos cuenta, la otra persona vuelve a reaccionar ante nuestra respuesta.
Y así comienza un círculo.
Uno levanta la voz.
El otro se cierra.
El primero interpreta ese silencio como indiferencia.
Vuelve a insistir.
El otro se siente presionado y responde peor.
Y el conflicto continúa.
No siempre sabemos dónde empezó.
Pero sí podemos preguntarnos:
¿Qué puedo hacer yo para que este círculo empiece a cambiar?
La llamada ley del espejo puede utilizarse como una metáfora para observar cómo nuestras propias emociones, expectativas y formas de actuar influyen en las relaciones.
No significa que seamos responsables de todo lo que hacen los demás.
Tampoco significa que, si alguien nos trata mal, sea culpa nuestra.
Significa algo mucho más sencillo:
No puedo controlar cómo reaccionan los demás, pero sí puedo observar cómo estoy reaccionando yo.
Y, en muchas ocasiones, cambiar una parte de nuestra manera de relacionarnos puede modificar la dinámica familiar.
Imagina esta situación:
Tu hijo/a llega a casa y deja la mochila tirada.
Tú piensas:
«Siempre hace lo mismo. Nunca escucha.»
Se lo dices enfadado/a:
«¡Es que contigo siempre estamos igual!»
Tu hijo/a piensa:
«Otra vez me está echando la bronca.»
Y responde:
«¡Déjame en paz!»
Tú piensas:
«¿Ves? Encima me habla mal.»
Y subes todavía más el tono.
Tu hijo/a se encierra en su habitación.
Tú piensas:
«No le importa nada.»
Y él/ella piensa:
«En casa no puedo hablar de nada.»
Quizá esa no sea la pregunta más útil.
Podemos preguntarnos:
Y, sobre todo:
Cuando estamos enfadados, normalmente respondemos desde la emoción. Y en ese momento es fácil decir cosas que después lamentamos. Antes de reaccionar, prueba a hacer tres preguntas:
¿Estoy enfadado/a?
¿Frustrado/a?
¿Preocupado/a ?
¿Cansado/a ?
¿Tengo miedo de que mi hijo/a esté tomando malas decisiones?
¿Me siento ignorado/a?
Poner nombre a una emoción ayuda a entender qué hay detrás de nuestra reacción.
No es lo mismo:
«Ha dejado la mochila en el suelo.»
que:
«No me respeta.»
El primer enunciado describe un hecho. El segundo es una interpretación. Pregúntate:
¿Estoy reaccionando ante lo que realmente ha ocurrido o ante lo que creo que significa?
Esta pregunta puede resultar incómoda. Pero también puede ser una de las más útiles. No significa asumir toda la responsabilidad, significa reconocer nuestra parte.
Quizá estoy utilizando un tono que provoca que el otro se cierre.
Quizá repito constantemente el mismo reproche.
Quizá no estoy escuchando.
Quizá intento solucionar el problema cuando la otra persona todavía está demasiado enfadada para hablar.
Quizá espero que los demás cambien sin cambiar yo primero.
En una discusión familiar podemos estar muy centrados en demostrar que tenemos razón.
«Te lo dije.»
«Siempre haces lo mismo.»
«¿Ves? Yo tenía razón.»
«Hasta que no reconozcas que has hecho mal, no hablamos.»
Pero ganar una discusión no siempre significa mejorar una relación.
Por eso, ante un conflicto, podemos preguntarnos:
¿Qué es más importante en este momento: demostrar que tengo razón o encontrar una manera de avanzar?
A veces tendremos razón. A veces la tendrá la otra persona. Y otras veces descubriremos que ambos tenemos una parte de razón y una parte de responsabilidad.
Reconocer nuestra parte no nos hace débiles. Al contrario. Decir:
«He pensado sobre lo que pasó y creo que yo también me equivoqué.» puede ser mucho más poderoso que intentar justificar cada una de nuestras acciones. Los hijos también aprenden de lo que hacemos.
Cuando un padre o una madre es capaz de pedir perdón, está enseñando que:
A veces el enfado es solamente la parte visible. Debajo puede haber otra emoción.
Por ejemplo:
«Me enfado porque no estudias.»
Puede esconder:
«Tengo miedo de que tengas dificultades en el futuro.»
«Me molesta que estés todo el día con el móvil.»
Puede esconder:
«Me preocupa que te estés aislando.»
«No soporto que me contestes así.»
Puede esconder:
«Siento que estamos perdiendo nuestra comunicación.»
«Estoy cansado de repetirte las cosas.»
Puede esconder:
«Siento que no me escuchas y no sé cómo conseguir que me entiendas.»
Cuando descubrimos la emoción que hay debajo del enfado, podemos comunicar algo muy diferente.
Observa la diferencia:
«¡Nunca me escuchas!»
Podemos decir:
«Cuando intento hablar contigo y siento que no me escuchas, me frustro y me gustaría encontrar un momento en el que podamos hablar tranquilos.»
—
«Siempre estás con el móvil.»
Podemos decir:
«Me preocupa que últimamente pasemos poco tiempo juntos. Me gustaría que buscáramos algún momento para estar sin pantallas.»
«Eres un desordenado.»
Podemos decir:
«Cuando encuentro las cosas fuera de su sitio, me genera frustración. Necesito que encontremos una manera de organizarnos que funcione para los dos.»
No se trata de hablar siempre perfectamente.
Se trata de hablar de lo que ocurre sin convertir el problema en una etiqueta sobre la persona.
Piensa en un conflicto que se repita habitualmente en casa.
Puede ser:
Ahora completa:
Describe la situación sin buscar culpables.
«Mi hijo/a y yo discutimos casi siempre cuando llega la hora de dejar el móvil.»
Escribe las emociones que aparecen.
«Me siento frustrado, preocupado y poco escuchado.»
«Pienso que no respeta las normas.»
Sé sincero.
«Le repito varias veces lo que tiene que hacer y termino levantando la voz.»
No tienes que acertar. Simplemente intenta imaginarlo.
«Quizá se siente controlado, incomprendido o cansado de que le repita lo mismo.»
Esta es la pregunta más importante.
No:
«¿Cómo consigo que mi hijo cambie?»
Sino:
«¿Qué puedo hacer yo de manera diferente la próxima vez?»
Cuando estéis tranquilos, prueba a iniciar la conversación sin comenzar por el problema.
Puedes decir:
«Últimamente siento que discutimos mucho por este tema y no me gusta cómo terminamos los dos. He estado pensando y creo que yo también puedo hacer algunas cosas de otra manera. Me gustaría saber cómo lo estás viviendo tú.»
Y después:
No prepares la respuesta mientras habla.
No intentes demostrar que está equivocado.
No interrumpas para defenderte.
Primero intenta comprender.
Después podrás explicar cómo lo vives tú.
Podéis incluso hacer este ejercicio juntos.
Cada miembro de la familia responde:
Piensa en algo concreto.
No hace falta buscar culpables.
Solo reconocer algo que podrías mejorar.
Debe ser algo concreto y realista.
Por ejemplo:
«Cuando me enfade, intentaré esperar cinco minutos antes de responder.»
«Intentaré escuchar antes de dar mi opinión.»
«Intentaré pedir las cosas sin gritar.»
«Buscaré un momento para hablar con mi hijo sin móviles de por medio.»
Las familias discuten.
Los padres y las madres se equivocan.
Los hijos e hijas también.
Hay días en los que estamos cansados, preocupados o tenemos poca paciencia.
El objetivo no es conseguir una familia en la que nunca haya conflictos.
El objetivo es conseguir una familia que se sepa reparar después del conflicto.
A veces la frase más importante puede ser:
«Antes no te he hablado bien. Estaba enfadado, pero no era la manera.»
O:
«Creo que no te estaba escuchando. Cuéntamelo otra vez.»
O simplemente:
«Vamos a intentarlo de nuevo.»
No podemos elegir cómo reaccionarán nuestros hijos/as, nuestra pareja u otros miembros de nuestra familia.
Pero sí podemos elegir qué hacemos con nuestra propia reacción.
Podemos detenernos.
Podemos preguntarnos qué estamos sintiendo.
Podemos cuestionar nuestras interpretaciones.
Podemos reconocer nuestra parte.
Podemos comunicar lo que necesitamos.
Y podemos escuchar lo que necesita el otro.
Porque cambiar una dinámica familiar no siempre empieza consiguiendo que el otro cambie.
A veces empieza cuando alguien se atreve a preguntarse:
«¿Qué puedo hacer yo de manera diferente?»
Y quizá esa pequeña modificación sea suficiente para que la siguiente conversación sea diferente.
Si pudieras cambiar una sola cosa de tu manera de relacionarte con tu familia esta semana, ¿cuál sería?
Empieza por algo pequeño.
Los grandes cambios familiares suelen comenzar con pequeñas conversaciones diferentes.
Si quieres obtener pautas para una buena comunicación asertiva y conseguir mejores resultados en tu forma de expresarte. Podrás encontrar un artículo en nuestro blog dónde hablamos sobre ello de manera práctica.